Durante meses, entrar a Lisboa como residente fuera de la UE se había convertido en una prueba de paciencia.
Aterrizar ya no significaba llegar —significaba esperar. Tres, cuatro horas en inmigración. Filas que no avanzaban. Bienvenida poco amable para una ciudad que normalmente sabe recibir.
Para nuestra sorpresa y justo cuando aterrizamos, hicimos una búsqueda en las noticias internacionales y encontramos que Lisboa justo había silenciado el experimento digital, reforzó personal y volvió —temporalmente— a lo básico: verificación manual de pasaportes.
¿El resultado? Aterrizamos, caminamos hacia inmigración… y en 15–20 minutos ya estábamos fuera del aeropuerto.
No fue suerte. Fue una medida concreta para aliviar el caos que había generado el nuevo sistema automatizado de control fronterizo. Y cuando la ciudad ajustó el proceso, la experiencia cambió por completo.
Porque a veces, avanzar no es solo digitalizar —también es saber cuándo simplificar.
Y créeme: empezar Lisboa así… se siente muy como Pedro por su casa.





